Inyecciones: Cuando el dolor de algunos es placer de otros

Estamos en noviembre y ya se empieza a respirar un ambiente navideño; época en donde todos los niños hacen su último esfuerzo portandose bien (olvidemos el reto de la mamá, el bulling al ramón o, el vidrio roto del colegio) para que el viejo pascuero los vuelva a tomar en cuenta, y llegue por la chimenea con la “Super Duper, Double Looper“, y no un par de calcetines y los útiles escolares del próximo año. Es cierto, algunos lo logran y son felices; los que no, viven la frustación de una blanca navidad sin nieve, y para colmo, un fin de año que para los padres significa una época de stress excesivo, casi masoquistas. Y que mejor que un castigo ejemplificador, por todo un año farreado, que un cocktail de vacunas a la vena para el mocoso insolente que criaron. Porque sí, cuando nos portamos mal siempre nos amenazaron con ponernos una inyección en el traste, tal vez porque fueran necesarias, exceso de hipocondria o simplemente, joder por joder.

A continuación, una advertencia para todos aquellos que portaron mal durante el año y no se comieron la comida: porque cuando uno la hace… la paga. Y con creces.

Bonus: Si los papases y mamases se portan mal, tambien se van de pinchazo